Arcano significa secreto en latín: la baraja reparte 22 cartas mayores para los cambios de fondo y 56 menores para el día corriente, 78 en total.
Una baraja de tarot completa tiene 78 cartas repartidas en dos grupos de tamaño muy desigual: 22 arcanos mayores y 56 arcanos menores. Arcano viene del latín arcanum, que quiere decir secreto o cosa escondida, de modo que los dos nombres se traducen como los secretos grandes y los secretos pequeños. La diferencia entre ellos no es de rango sino de escala: los mayores hablan de asuntos de fondo y los menores de lo que ocurre entre semana.
Los 22 arcanos mayores van numerados del 0 al 21 y llevan nombre propio en lugar de palo. El Loco abre la serie con el cero, y detrás vienen el Mago, la Suma Sacerdotisa, la Emperatriz y todos los demás hasta el Mundo, que ocupa el 21. Ninguno pertenece a un palo y ninguno se repite: cada uno aparece una sola vez en el mazo.
Los 56 arcanos menores repiten el esqueleto de los naipes con los que se juega: cuatro palos con catorce cartas, diez numeradas a partir del as y cuatro figuras al final, que en la mayoría de los mazos son sota, caballero, reina y rey. Cuatro por catorce son 56, y 56 sumados a 22 dan las 78 del mazo entero.
Si esa estructura te suena, no es casualidad. Los cuatro palos del tarot (bastos, copas, espadas y oros) son los mismos de la baraja española de toda la vida, porque las dos descienden de los naipes que empezaron a circular por Europa en el siglo XIV. La baraja española se quedó con tres figuras por palo, sota, caballo y rey; el tarot conserva cuatro porque mantiene además la reina.
Los mayores se leen como los movimientos grandes, los capítulos por los que pasa una vida y no los recados de una semana. Puestos en fila del 0 al 21, la serie se suele contar como un solo trayecto: el Loco es quien echa a andar y las cartas numeradas son la gente, las presiones y los aprendizajes que se va encontrando por el camino. Es una forma de ordenar la experiencia, no un calendario de lo que viene.
Dos cartas asustan a casi todo el mundo al empezar. La Muerte se interpreta desde siempre como un final y el tránsito que viene detrás, nunca como el anuncio de una desgracia, y la Torre como el derrumbe repentino de algo que estaba mal construido desde el principio. Son acuerdos de lectura heredados de una tradición larga, no pronósticos que un cartón pintado pueda emitir.
La numeración tampoco coincide en todos los mazos. La Fuerza y la Justicia ocupan los puestos 8 y 11, y aparecen intercambiadas entre el tarot de Marsella y el mazo Rider-Waite-Smith que siguen casi todas las barajas modernas. El significado de cada una se mantiene igual y solo cambia el número, algo que importa si cuentas las cartas por cifra en vez de por nombre.
Los menores cuentan lo cotidiano: las conversaciones, el trabajo, el dinero y los estados de ánimo que llenan el espacio entre un cambio grande y el siguiente. Cada palo va unido a uno de los cuatro elementos clásicos, y el elemento decide de qué habla ese palo.
Los nombres bailan de un mazo a otro y ninguna versión es más correcta que las demás: los bastos pueden llamarse varas o bastones, las copas cálices, y los oros monedas, discos o pentáculos. El significado viaja intacto de un nombre al siguiente, así que no vale la pena discutir por la etiqueta.
En cada palo los números se leen como una progresión. El as es el elemento en bruto, el asunto recién estrenado antes de que nadie haya hecho nada con él. Los números centrales lo llevan adelante entre esfuerzos, tropiezos y acuerdos. El diez cierra la fila, y según el palo eso suena a meta cumplida o a exceso: diez oros son un patrimonio familiar, diez espadas son bastantes más vueltas de las que el problema pedía.
Las cuatro figuras se toman o bien por personas reales metidas en el asunto o bien por maneras de afrontarlo. La sota suele ser quien todavía aprende, o el aviso que llega. El caballero es el palo lanzado a la carrera, muchas veces pasado de frenada. La reina lo sostiene hacia dentro y lo conoce a fondo. El rey lo ejerce hacia fuera, con la autoridad y también con la brusquedad que trae el cargo.
El valor práctico de partir el mazo en dos alturas es la proporción. Una extensión formada casi toda por menores se lee como una situación de tamaño normal, manejable y al alcance de la mano. Si en cambio salen muchos mayores, la costumbre interpretativa dice que se está moviendo algo de fondo, de eso que no se arregla con una buena charla el martes por la tarde.
Conviene tener claro qué es esa señal: un convenio entre lectores, no la medida de nada que pueda comprobarse. Lo que la estructura de dos pisos aporta de verdad es un vocabulario para hablar de escala, y la escala es de las pocas cosas que un montón de cartas sobre la mesa transmite de un vistazo.
La estructura es bastante más antigua que su uso adivinatorio. Los mazos de tarot más viejos que se conservan se pintaron en el norte de Italia a mediados del siglo XV para jugar a un juego de bazas, y allí las 22 cartas con nombre funcionaban como triunfos permanentes: ganaban a cualquier carta de cualquier palo. La palabra triunfo describe exactamente el papel que tenían encima del tapete.
Echar las cartas para adivinar llegó después y se extendió por Francia a finales del siglo XVIII. Las etiquetas arcanos mayores y arcanos menores son todavía más recientes, obra de los ocultistas franceses del siglo XIX. El mazo con el que aprende casi todo el mundo se publicó en Londres en 1909, dibujado por Pamela Colman Smith bajo la dirección de Arthur Edward Waite. Su gran acierto fue ilustrar también los menores con escenas completas, en lugar de alinear siete copas o cinco espadas sin más, y eso puso los secretos pequeños al alcance de cualquiera que empezara. Casi todos los mazos posteriores han copiado la idea.


